El caballo del retratista

 

Desde hoy contamos en ESTUDIOZFOTO con un atrezzo muy especial, un atrezzo que llevaba buscando mucho tiempo sin éxito, quizá desde que monté el estudio, allá por 2011. Casi siempre buscamos lejos de nuestro medio, negando de una manera consciente o inconsciente que algo que deseamos pudiese estar cerca, como si no confiáramos en nuestras propias posibilidades y las de nuestro entorno. He estado buscando, como digo, un caballo de madera para mi estudio largos años, consciente de que junto a una pelota es el juguete que más atrae a los niños. Y digo esto con total convicción porque lo he observado en mi época de fotógrafo comercial y porque lo conservo junto a muchos otros recuerdos en el baúl lejano y no obstante siempre presente de mi niñez. Recuerdo que en aquellos ilusionantes días de feria de finales de los sesenta (sí, tengo ya mis años), cuando paseaba de la mano de mis padres por la antigua calle Feria, más o menos a la altura de donde hoy está la Caseta Municipal, solía apostarse un retratista ambulante con su escueto estudio, su cámara cromada y un caballo como único reclamo, un ejemplar magnífico e imponente a mis ojos de niño, solo acostumbrados a juguetes más toscos e improvisados. El recuerdo es tan nítido que podría resultar hasta doloroso si pensáramos en lo efímera y fugaz que es nuestra vida. Entre el instante de aquel recuerdo y esta reflexión han transcurrido casi cincuenta años. Sin embargo, en mi cabeza conviven juntos ajenos al tiempo, bañados a partes iguales por la misma emoción de ilusión infantil y madura nostalgia. Traer este caballo al estudio me ha hecho recordar a Paulo Coelho, no porque sea un autor literario que me guste especialmente, sino porque el protagonista de su libro El Alquimista, necesitó recorrer el mundo para entender que la razón de vivir de una persona no está muy lejos del lugar donde nació. Esto ha pasado con este caballo de retratista, lo he buscado en cada viaje a lo largo de estos últimos años y sin embargo estaba en la cabeza de mi hermano Andrés, que es capaz de ver en un tronco de madera lo que se proponga ver. Solo me bastó decirlo, y a los pocos días ya tenía forma propia, tan imponente y magnífico como aquel que recuerdo, o quizás más. Olimpia le ha dado con sus pinceles a la creación de Andrés la vida que le faltaba, inspirada en un caballo de la casa, Horus, aquel isabelino de cuento verdadero que alegró los días de mi hermana Ana mientras estuvo con nosotros. El otro día hablando con Andrés me dijo que después de muchos años Olimpia y él habían vuelto a practicar la obra conjunta. De eso también me acordaba, cuando sentados en la mesa camilla él pintaba dibujos a lápiz y Olimpia los coloreaba, mientras Nati y yo, con los codos apoyados en la mesa y las manos en las mejillas, observábamos callados y absortos el proceso de creación. Otro ejemplo de compresión del tiempo que quizás hable elocuentemente de que, a pesar de los años vividos y de los kilómetros recorridos, no somos tan distintos a lo que ya éramos en el mismo momento de ver la luz de este mundo.

3 pensamientos en “El caballo del retratista

  1. He recibido estás preciosasa fotos por la artista que ha dado color a este lindo caballo tan bien tallado.
    Mi enhorabuena a los tres artistas por el bonito trabajo realizado, y al fotografo ademas, por el texto que las acompaña.

  2. Muy Guapol Caballo❗????????????????????❗Muy buén trabajo❗Disfrútalo por muchos años❗????????????????????❗

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